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La dura historia de una víctima adolescente de violencia de género


María (nombre ficticio de la protagonista de esta historia) se aferra a una pequeña botella de agua para calmar sus nervios. Y aunque a veces le tiembla la voz, demuestra que a sus 18 años recién cumplidos tiene una fortaleza y valentía admirable para relatar sin derrumbarse su dolorosa adolescencia marcada por la violencia machista. No es fácil volver a echar la vista atrás para recordar al primer chico del que se enamoró perdidamente sin poder ver que era un despreciable maltratador que la anuló como persona, ejerció un control absoluto de su vida y la humilló con vejaciones y palizas habituales durante casi dos años.

Fue a los 15 años cuando le conoció a través de una amiga. Él tenía 18 años. A María le llamó la atención: “Era mayor, muy guapo, tenía moto y coche”. En los primeros meses de la relación, él era “muy detallista y cariñoso” pero el lobo bajo piel de cordero comenzó a descubrirse pronto. "Lo primero que hizo fue separarme de mis amigos y de mi familia. Le tenía que ver todos los días y no podía salir con nadie que no fuera él o con su grupo. Si quería salir con una amiga, no me dejaba porque decía que me iban a ver otros chicos”, relata María, quien entonces consideraba esas conductas posesivas como “algo normal”. “Siente celos y eso es que le importo”, se justificaba. María se convirtió en una novia totalmente sumisa. “Me obligaba a hacer cosas que no quería y cómo él veía que yo hacía todo lo que quería, se crecía aún más”.

“Lo primero, al verme, era pedirme el móvil para revisar todas mis conversaciones”. El control sobre la adolescente era tal que, cuando él se iba a trabajar, la dejaba en casa para que no saliera de allí. “Además, mientras él estaba trabajando me obligaba a quitar los datos del móvil hasta que él que saliera y me llamaba. Y cuando me recogía al día siguiente para salir, me montaba en su coche y lo primero que me pedía era mi teléfono para revisar todos mis whatsapp y redes sociales”, explica María. Cualquier conversación con una amiga o un chico, aunque fuera un familiar, era motivo de bronca, insultos e incluso golpes. “Un día que se me olvidó enseñarle el móvil, me lo quitó, lo estampó contra el suelo y me mordió la cara”, relata la joven.

María, anulada por su pareja, actuaba por miedo “para tenerle tranquilo”. Tampoco podía comentar con su entorno todo lo que le estaba sufriendo. Ya no tenía amigas. Fue su madre la que alertada por el alejamiento de su hija y de su estado de ánimo siempre lloroso decidió leerle a escondidas los whatsapp y al descubrir las vejaciones continuas del chico le obligó a romper la relación.

Pero no iba a ser tan fácil. “Él me iba a buscar al instituto para verme a escondidas. Me prometía que iba a cambiar. Después decía que yo era la culpable de que se tuviese que arrastrar detrás de mí e insultaba a mis padres”, cuenta María que sufrió entonces uno de los peores momentos de su vida. “Él no me dejaba salir de fiesta pero un día decidí ir a unas fiestas de un pueblo con unas amigas sin decirle nada. Me vieron sus amigos y se lo dijeron”. María traga saliva y recuerda cómo su expareja le fue a buscar con el coche, le llevó a las afueras y le empezó a dar puñetazos dentro del vehículo. “Me dijo que tenía un cuchillo, que saliera del coche. Me agarró del pelo, me lanzó el suelo, me empezó a pegar patadas y me dejó allí tirada. Y no, no estaba borracho. Me dijo que él no me había dado permiso para ir a esas fiestas y que por eso me había pasado eso”.

Era verano y María ocultaba sus moratones en las piernas con pantalones largos para que su madre no le hiciera preguntas. “Entonces empecé a tener miedo. Le pedí explicaciones a él y me dijo que lo hizo sin querer, que eran impulsos. Después me enteré que me puso los cuernos y me culpabilizaba a mí de ello”. “Eso te pasa por no hacerme caso y por no haberme cuidado”, le espetaba él.

María se arrepiente de haberse “arrastrado” tantas veces detrás de su ex y de no haber acudido a Urgencias tras los episodios violentos. La gota que colmó el vaso fue cuando el joven se presentó en casa de María cuando ella llegaba y le arrebató las llaves. “Por suerte se cruzó con mi madre en ese momento y salió corriendo”. Fue entonces cuando la joven y su madre acudieron a poner una denuncia. En el juicio él siempre negó que le pusiera la mano encima. Por desgracia no había partes médicos. Se libró de la cárcel -la condena fue de 2 años menos un día- pero no de la orden de alejamiento que él ha incumplido en varias ocasiones para presionarla rogándole que retire la denuncia. María tiene miedo y ya ha puesto otras dos denuncias. Una situación que ha pasado factura a la joven que ha tenido que repetir curso en el instituto.

Para entender el maltrato que ha sufrido y para superarlo, María ha recibido apoyo en la Asociación de Ayuda a la Mujer Plaza Mayor. “Me han abierto los ojos. Lo bueno es que una vez que te ha pasado, a la mínima dices que no”, confiesa la joven, que reconoce que, por desgracia, las conductas de control y violencia en las parejas adolescentes son más habituales de lo que la sociedad cree.

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